MARCOS MENTALES Y 8M.

Según los trabajos de George Lakoff como lingüista cognitivo, y en especial en relación a su estudio de la naturaleza de los sistemas conceptuales humanos, podemos decir que la primacía del pensamiento racional en la historia está tremendamente sobrevalorada.

Según Lakoff  las metáforas, las imágenes y otros elementos retóricos son los ejes del comportamiento  político (Lakoff,  2009).  Su idea central es que la metáfora, más allá de ser un aspecto formal del lenguaje, permite organizar unos conceptos a partir de otros. El modo en que llevamos a cabo este proceso tiene directamente que ver con su experiencia directa en el mundo, a través de nuestros cuerpos.

De este modo, por ejemplo, conceptualizamos el tiempo hablando del futuro como algo que tenemos delante, y del pasado como algo que está detrás.

Estas formas de contarnos, estas narrativas configuran nuestros juicios morales y políticos sobre la realidad, nuestra concepción de la verdad.

Ni nuestra mente ni el lenguaje tienen un contenido objetivo compartido, sino que sus contenidos cobran sentido siempre dentro de una narrativa. Por ejemplo, no empezamos una guerra haciendo un cálculo de pérdidas y beneficios, si no articulando un argumentario sobre el peligro que supone el enemigo.

A su vez las narrativas se componen de marcos. El marco es el sistema  conceptual  que  articula  nuestro  pensamiento  y  desde  el  que  entendemos el mundo.

Así, en el caso de  la  política,  el  marco  es  el  eje  sobre  el  que  las personas  estructuramos  un modelo  de  sociedad  que  cree  justo. 

En este momento tenemos diferentes marcos mentales que pugnan entre sí por la hegemonía. Uno de ellos, si acaso el más poderoso es el del capital como sistema/mundo, desde el cual no existe alternativa a esta forma de organizar la vida (a pesar de que ésta se encuentre a punto del colapso bajo su dominio). Este marco global opera generando otros marcos a su servicio, como el de la “sociedad terapeútica” desde el que la psicología se convierte en la herramienta mediante la cual irán corrigiéndose los malestares individuales que genera en nuestras subjetividades este sistema de las cosas.

Sin embargo, a lo largo del pasado siglo viene irrumpiendo cada vez con más fuerza otro marco en disputa que se sitúa en una pugna por la hegemonía, y que ha venido de la mano de las mujeres. Se trata del feminismo.

En este conflicto estamos viendo cómo el sistema trata de mercantilizar mensajes, institucionalizar algunas de las luchas, en un intento de desactivar la tensión.

Por otro lado, el alzamiento de la ultraderecha como movimiento de reacción por parte de las  élites político-económico-mediáticas están logrando escorar nuestro marco mental hacia la derecha política, de modo que narrativas alternativas queden relegadas a lo antisistema.

Así, son prohibidas las manifestaciones feministas del 8 de marzo en Madrid mientras se toleran otras abiertamente nazis en la misma comunidad, dentro del mismo contexto de riesgo , o se pone el foco sobre la peligrosidad sanitaria de las manifestaciones en tiempos de pandemia en vez de hacer una pedagogía del cuidado y una reflexión sobre el derecho de manifestación desde el respeto al cuidado colectivo.

Estos días he podido leer en diferentes medios debates sobre esta cuestión y me preocupa que todas ellas (de medios progresistas) estén comprando el marco “escorado a la derecha” que suponen los últimos movimientos políticos en Europa y el Estado Español.

Me preocupa que el nuevo marco mental que nos traen los feminismos retroceda, porque en esta pugna está en riesgo el movimiento mundial contemporáneo más poderoso para el cambio colectivo (y personal).

Este momento pandémico sin duda va a convertirse en un punto de inflexión del siglo XXI desde el que van a dirimirse preguntas muy poderoras en relación a en qué tipo de mundo vamos a vivir.

Y es que esta pugna entre marcos nos va a obligar a analizar de qué lado estamos las gentes del mundo “psi”. Si vamos a volver a caer en la paradoja de Popper, y terminar siendo tolerantes con la intolerancia, o si vamos a ser capaces de construir una psicología comprometida con la liberación de todas las personas del planeta. Porque si es así, el feminismo es una asignatura inexcusable. Lo digo desde mi ser y sentirme un hombre, a veces cuestionado, otras molesto, entusiasmado, beneficiado, vulnerable y siempre interrogado por los feminismos. Y también desde la necesidad de trascender marcos mentales patriarcales, coloniales y clasistas en las prácticas psicológicas.

Así pues, todo mi apoyo para este 8 de marzo de 2021. Aurrera!

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