UNA PSICOTERAPIA CON MIRADA DE CLASE.

 “En el Hoyo solo hay tres tipos de personas:

los de arriba,

los de abajo…

 y los que caen”

“El Hoyo” Galder Gaztelu-Urrutia

El JOKER. (Todd Phillips, 2019)

Arthur Fleck escribe en su arrugado cuaderno (no se sabe bien si escribe chistes o sus propias reflexiones)  “La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuviera”.

De este modo Arthur muestra cómo sufre la presión de tener que ocultar su “trastorno” para ser aceptado en un contexto social normativo que castiga la diferencia. Y no sólo eso. Donde aparece Thomas Wayne condenando bajo el término de “payasos” a todos aquellos que no han venido a ser nada en la vida. En definitiva, a las clases populares, que ven en la figura del Joker un elemento de subversión contra el sistema.

Joker (la película), en definitiva viene a narrar la conexión entre el sufrimiento social derivado de la desigualdad de clase y la “patología mental”. Y en cómo ambas son situadas al margen del sistema, son expulsadas, marginadas, condenadas al absurdo, irrisorias.

A nadie le importa que el recorte de fondos municipales prive a Arthur de la única figura de sostén que el sistema le ofrece en la figura de su trabajadora social. La cual, en palabras de Arthur “nunca me escucha”.

Quizá esta parte de la película sea la que mejor nos retrate a los “profesionales de la ayuda”: que no escuchamos. No escuchamos el sufrimiento cotidiano de los ninguneados, de los payasos que pueblan nuestras calles.

Las terapeutas de una u otra escuela hemos puesto históricamente el foco sobre los factores biográficos, familiares, individuales de las personas con las que trabajamos para hacer un “diagnóstico” desde el que proponer un “tratamiento”. No parece descabellado planternos la cuestión de la que nos habla la película: realmente escuchamos el sufrimiento social cotidiano de no llegar a fin de mes, de ser y sentirse excluido diariamente en las miradas de los otros en la calle, de las colas en los comedores sociales o en los albergues municipales, de ser discriminadas por el color de la piel o la orientación sexual…?

En la historia de la psicología como disciplina, tras emanciparse del saber filosófico, toma fuerza como práctica en diversos contextos clínicos, desde los cuales esta joven disciplina durante el siglo XX importa diferentes lenguajes del contexto médico que a su vez conforman procesos formativos y un determinado modo de mirar y comprender el sufrimiento humano, en función de diversas categorías nosológicas (por otra parte sin ningún correlato físico que las explique). De este modo categorizamos la experiencia psicótica como una “enfermedad mental” sin que hayamos encontrado hasta el momento ninguna estructura cerebral determinada que pueda explicarla de modo causal.

Es por ello que tendemos (no de modo inocente) en psicoterapia a comprender el sufrimiento “psíquico” de un modo clínico, el cual mediante una adecuada historia clínica puede ser explicado. En este sentido el psicoanálisis subraya esta idea de la exploración del pasado, del “allí y entonces”, como método de cura, relegando a un lugar marginal el asunto del ajuste que cada persona desarrolla/es desarrollada, en un contexto social determinado.

Nos hemos centrado en la hipótesis familiar (familiarista como señalarían Deleuze y Guattari) que se encuentra en la base de los patrones relacionales en los que la persona se mueve, y sin embargo nos cuesta tomar en cuenta cómo estamos experimentando el sufrimiento social, en cómo se está desplegando el ajuste persona/sociedad.

El devenir histórico de la psicología como disciplina se emparenta con las prácticas clínicas ligadas durante la primera mitad del siglo XX con las capas sociales más privilegiadas, de modo que la práctica psicoterapeútica se emparenta tempranamente con determinados privilegios de clase. Este factor genera todo un corpus de conocimientos desligados de los factores sociales y políticos en los que se mueve el “individuo”, bajo una pátina de supuesta neutralidad científica.

De este modo, la práctica psicoterapeútica termina negándose a las clases populares, para las cuales se acaba acuñando el término de “intervención social” a partir de las prácticas de la beneficiencia asistencial desarrolladas por la iglesia.

La psicoterapia como COMÚN.

En ERAIN entendemos las prácticas psicoterapeúticas como un bien común, desde  una concepción del trabajo de cuidados y de sostenimiento cotidiano de la vida que es generado desde la comunidad, tratando de superar la exclusividad técnica que la mirada clínica circunscribe a las clases más pudientes de nuestra sociedad. En tanto que común, pensamos la labor psicoterapeútica como un trabajo que integra y trasciende las labores de cuidados, reproducción y sostenibilidad de la vida por parte del papel del Estado, el mercado y la familia, para recuperar su dimensión colectiva, a modo de comunidad de cuidado, que articula posibilidades relacionales horizontales y complementarias entre “terapeutas” y “pacientes”.

Desde esta asunción de nuestra labor como política,  llevamos diez años acercando la psicoterapia y la intervención psicosocial a las capas populares desde una mirada interseccional: de clase, raza y género.

Necesitamos estas categorías para VER  mejor a la que persona o comunidad con la que estamos trabajando, pero debemos DESVESTIRNOS de ellas para poder trabajar, viendo a la otra persona libres de todo lo que no sea estar con ella en el contacto. Es como cuando hablamos de la necesidad del proceso personal del terapeuta: éste necesita situarse con respecto a sus heridas para poder atender las de las demás…

Una praxis cercana a la realidad social.

Estos años han supuesto una búsqueda intensa de nuevos marcos que rompan la pared invisible que separa el consultorio de la calle. Y así, hemos desplegados procesos con personas en prisión, en la calle, en centros educativos, en pisos de acogida, en lonjas juveniles… hemos atendido gratuitamente a innumerables personas, hemos habilitado espacios para que madres y padres puedan venir a terapia con sus hijos e hijas, hemos negociado precios de atención asequibles para las clases populares… diferentes propuestas todas ellas que nos han permitido desarrollar la psicoterapia como un COMÚN, como un bien que compartir.

Desde esta praxis (mediante la cual hemos podido generar un conocimiento sucio, situado) hemos ido ganando en consciencia en torno a cómo desde una mirada de campo este común nos ha hecho crecer en paralelo a “pacientes” y “terapeutas”. La psicoterapia se ha convertido para nosotras en un espacio de horizontalidad complementario en torno al cual han operado diferentes fuerzas de transformación en las cuales ambos “roles” han sido movidos a través del contacto.

Una psicoterapia con mirada de clase no solo hace frente a la parte exterior (horarios, coste…) si no que fundamentalmente confronta  la mirada de la terapeuta, a su posicionamiento ante la realidad, su nivel de consciencia.

La clase.

Hablar hoy de clase precisa hoy revisar el viejo concepto marxista. Es muy interesante en términos prácticos analizar la “clase” desde la perspectiva de Pierre Bordieu. Este autor nos propone una concepción que abarque también lo cultural, el nivel educativo, las relaciones sociales…

De este modo, Bordieu al hablar de capital, se refiere a diferentes maneras de manejar el poder en un campo determinado. Por un lado, el capital social nos habla de las relaciones que la persona mantiene, el capital simbólico tiene que ver con el estatus, así como el capital cultural da cuenta del nivel de instrucción al que la persona ha llegado en su vida.

Una perspectiva donde la clase pivota en torno a diferentes ejes de comprensión nos ofrece un ground teórico desde el que poder operar con mayor consciencia dentro del proceso de acompañamiento.  

De hecho, los diferentes “capitales” que la persona maneja tiñen la situación del encuentro terapeútico dado que todos ellos cimentan las tres funciones del self, se manifiestan en la corporalidad, en la propia narrativa, en el modo en cómo tomamos decisiones…

Así pues, trabajar desde la intervención (psico)social implica dar cuenta de las tensiones desatadas en el encuentro entre profesionales de clase media alta con personas con un “capital (social, cultural, simbólico…) diferente, mientras que en la mayor parte de las consultas clínicas estas transacciones se dan entre personas con un mismo nivel de capital. Esta situación genera planos de comunicación y formas de contacto totalmente diferente, que debemos tomar en cuenta en nuestro trabajo.

Los entornos que definen nuestra clase social y en los cuales crecemos contribuyen a desarrollar un determinado patrón determinado de pensamiento, emoción y acción que, a su vez, influye en cómo nos relacionamos con los demás.

Según esta perspectiva (según Kraus, Piff, Mendoza-Denton, Rheinschmidt y Keltner, 2012), existen factores ambientales que definen sus procesos de subjetivaciones –incertidumbre, vulnerabilidad, amenaza, etc.– condicionan la manera en la que éstas personas explican las cosas que les suceden como factores externos a ellas y difícilmente controlables. En otra ocasión, cuando hablábamos de la experiencia opresión/exclusión mencionábamos la “opresión internalizada” que tendría que ver con la pérdida de la capacidad de agencia que se delega en aspectos externos.

Por otro lado, el entorno en el que se han desarrollado las personas de clase alta, que cuentan con mayores niveles de capital, se caracteriza por la seguridad, la libertad de elección y la estabilidad. Así, estas personas pueden aprender a percibir que tienen la capacidad de ejercer una mayor influencia en su ambiente, dependiendo éste fundamentalmente de aspectos individuales y controlables. En este caso mantendrían un mayor nivel de agencia personal y un funcionamiento de carácter individualista.

Las diferencias de clase tensionan el resto de categorías y enfrentan unas con las otras. No es lo mismo ser mujer de clase media o pobre, así como no es lo mismo ser negra pobre que no serlo. Y es que es importante integrar la perspectiva de los diversos niveles de capital a la hora de intervenir. Del nivel de consciencia que manejemos dependerá también la calidad de nuestros procesos de acompañamiento: sin nos llevan a la liberación de las opresiones internalizadas o a reproducir las estructuras de alienación.

Estos días críticos, donde compartimos la angustiosa vivencia de la pandemia provocada por el COVID-19 es precisamente la diferencia de clase la que ha hecho saltar por los aires la vivencia romantizada del confinamiento así como el pago de la factura de la crisis económica que se está gestando, al igual que vivimos en 2008.

Parásitos (Bong Joon-ho)

Y termino con otra película que ha vuelto a poner encima de la mesa la cuestión de la lucha de clases, junto con El Hoyo (Galder Gaztelu- Urrutia)

Una de ellas, Parásitos, en la que no terminamos de saber exactamente quién parasita a quién, ya que de un primer momento casi de comedia, en la cual la familia pobre se aprovecha de la que tiene recursos, el film nos relata cómo los pobres terminan revelándose contra el parasitismo de la clase alta, que necesitan constantemente ser asistida por los de “abajo”.  De ese “abajo” que simboliza el sótano del que emerge una rabia asesina, que expresa de manera explosiva ese profundo malestar que percibimos como trasfondo de la violencia y las conductas “antisociales” provocado por el desprecio al “olor a pobre”.

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